“Aunque
estoy muy contento con lo que di, siempre pensé que podía haber hecho más”. Diego Pablo Simeone pronunció estas
palabras sólo cinco
días después de disputar su último partido como futbolista. Únicamente
tres antes de dirigir su primer partido como entrenador. Dicen que se juega
como se vive, como se es. Quizás por eso Simeone fue un jugador intenso,
directo e inconformista. Debutó en Argentina, viajó a Italia, triunfó en
España, se consagró en Italia, volvió a España y, definitivamente, se retiró en
Argentina. Un trayecto cerrado con siete escalas, siete títulos y en el que
logró convertirse en símbolo de la mitad de dos ciudades. Un recorrido
combinado con más de un centenar de partidos con Argentina, a la que defendió
en tres Copas del Mundo y con la que ganó otros cuatro títulos, amén de una medalla de plata
en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Completo, pero insuficiente. Daba igual que
en cada partido “saliera con
el cuchillo entre los dientes”, cada día se podía dar más y, sobre todo,
cada día se podía ser más. Así fue, es y será Simeone. Una persona
pasionalmente racional o, mejor dicho, racionalmente pasional, que parece lo
mismo pero no lo es. Fue quizás este matiz lo que provocó que, bajo la
dirección de Basile, Bilardo, Passarella, Mancini, Bielsa o Luis Aragonés,
entre otros, su formación fuera doble. Mientras continuaba creciendo como
jugador, aprendía un nuevo oficio que ya sentía como propio. Y es que el “Cholo” Simeone ejercía de director y líder
mucho antes del 25 de febrero de 2006, pero no fue hasta aquel mediodía cuando
lo hizo desde el banquillo y con corbata por primera vez.
Simeone fue a
Avellaneda para retirarse, pero le llegó la oportunidad de dar el paso a los
banquillos.
Simeone no fue la primera opción
de Racing. Fernando Marín, presidente de la entidad, reconoció haber hecho hasta cuatro intentos por
contratar a Reinaldo Merlo, técnico con el que habían salido campeones en 2001.
Seguramente tampoco fue la segunda, ni la tercera o la cuarta, pues sonaron con
fuerza los nombres de Valdano, Passarella y Bielsa. Su contratación tenía
carácter de urgencia y síntomas de desesperación, pero esto poco le importaba
al “Cholo” si se trataba de su club. Jamás había militado
en Racing, pero para él lo era todo. Su llegada unos meses antes había supuesto
un reencuentro tan tardío como especial, una vuelta a esa infancia como hincha
en la que forjó un corazón blanquiceleste que nunca trató de esconder. Fue este
sentimiento de pertenencia el que provocó su retorno,
su capitanía y, por supuesto, su decisión de aceptar un cargo con tan pocas
posibilidades de éxito y tantísimos inconvenientes. El club atravesaba una
etapa institucional muy inestable, devoraba entrenadores con suma facilidad,
marchaba último con un punto sobre quince posibles y, ni siquiera, había sido
la preferencia de la directiva. A fin de cuentas “una pasión es una pasión”. Una vez agarrado el
puesto, Simeone debía adaptarse a la situación: “Tengo mis ideas muy claras. Sobre
todo, lo que me gustaría es que mi equipo tenga una marca. Esa marca esperemos
poderla transmitir porque es una cuestión de gustos, de elección de jugadores y
de trabajo en los entrenamientos. Desgraciadamente me ha tocado entrar en un
momento delicado y sin tiempos”.
Aquel 25
de febrero Racing cayó
derrotado con dos goles del Kun Agüero, jugador que cinco años más tarde
provocaría un vacío vital que el “Cholo” se encargó de tapar. En la siguiente
fecha visitó al Club Olimpo, y perdió. Recibió a Boca, y perdió. La situación
era crítica, la reacción no llegaba y, precisamente, eso no era lo esperado.“NO ME ARREPENTÍ DE LA DECISIÓN QUE TOMÉ, ME
GUSTAN LOS DESAFÍOS FUERTES Y ESO APOSTÉ” Se entendía que su ascensión y
conocimiento sobre el grupo colocaban a Simeone en una posición privilegiada
para reconducir a un equipo que no estaba pensado para sufrir. No había tiempo
para trabajar, pero sí para exigir y motivar. Simeone lo
sabía desde el principio: “Cuando
la situación no es cómoda, no es buena, la gente está excitada, alterada y
quiere cosas nuevas. Pero por encima de todo quiere entrega, porque ante eso la
gente después comprende si juegas bien o mal, pero si no hay entrega no
perdona”. El cambio tardó más de lo esperado, pero llegó a tiempo. Cuatro
victorias en sus últimos cinco partidos, incluyendo una ante River, permitieron
a Racing Club de Avellaneda quedar antepenúltimo con 19 puntos. Desde luego el
resultado general no era positivo, pero los números y la evolución de la etapa
Simeone sí daban lugar a la esperanza: 18 puntos en 14 partidos, lo suficiente
como para que Racing no tuviera un problema inesperado con los promedios de
descenso. Sin embargo, la presidencia de la empresa propietaria del club
(Blanquiceleste S.A.) cambió ySimeone
no fue renovado. Lo complejo de la situación le había impedido
demostrar en Avellaneda qué tipo de técnico era, pero sólo tardaría seis días
en firmar por un nuevo club. Allí sí podría implantar su marca.
Reinaldo Merlo, su
sustituto, sólo duró meses. Finalmente, en 2008, Racing jugó la promoción.
“Nunca voy a olvidar que,
jugando para Racing, la hinchada de Estudiantes me aplaudió y coreó mi nombre
cuando salí de la cancha. Eso no me había pasado jamás en mi carrera”, comentó a su llegada a Estudiantes de la Plata. Seguramente
ese gesto poco o nada tuvo que pesar en su decisión, pero Simeone ya comenzaba
a establecer un vínculo afectivo con su nueva afición. El futbolístico, en este
caso con el equipo, llegaría desde Europa pocas semanas después. Tras la
eliminación de la
Copa Libertadores ante Sao Paulo, el “Pincha” recibía la noticia del
año en Argentina: el hijo pródigo volvía a casa, Juan Sebastián Verón volvía a
Estudiantes. La relación entre jugador y DT marcaría los siguientes 18 meses
del club.
El “Cholo” dibujó un equipo netamente ofensivo,
asentado en un 4-4-2 con Verón y Braña en el centro del campo. Ernesto Sosa,
junto a Galván y los laterales, se encargaba de dar amplitud,“NO ME CREO OFENSIVO NI
DEFENSIVO, SÓLO SOY UN TÉCNICO QUE QUIERE GANAR Y HACE TODO LO POSIBLE PARA
LOGRARLO” mientras
que arriba Pavone y Calderón gestionaban el frente de ataque. De nuevo, las
ideas tardarían en calar. Pero, de nuevo, las ideas calaron. Tras una pésima
racha de un punto en cuatro partidos, Estudiantes rompió a jugar y consiguió 10
victorias de forma consecutiva, incluyendo un histórico 7-0 ante
sus íntimos rivales de Gimnasia de la Plata. Aun así, no eran líderes. Quedaban dos
fechas y Boca Juniors tenía una renta de cuatro puntos. “Los que tengan dudas, que se
queden en sus casas”. Simeone confiaba y,
por ello, el vestuario también lo hizo. En la penúltima jornada Boca perdió,
pero el “Pincha” sólo pudo recortar un punto. La
remontada pasó de utopía a milagro. Para forzar el partido de desempate, Boca
debía perder en La Bombonera
y Estudiantes estaba obligado a ganar al Arsenal de Sarandí. Y sucedió. El
Apertura 2006/2007 se tendría que decidir en un duelo directo en Liniers: Boca
contra Estudiantes, La Volpe
contra Simeone… ¡no va más! Con una nueva remontada tras un tempranero gol de
Palermo, Estudiantes campeonaba por primera vez en treinta años y
Diego Pablo Simeone cosechaba su primer título como entrenador. Cuando meses
más tarde le preguntaron si para él ganar fue una sorpresa, expuso su
receta: “Todos nos preparamos
siempre para ganar y buscamos el éxito. Y el éxito siempre viene precedido del
trabajo bueno y de la preparación”.
En los siguientes dos semestres
la sintonía con Verón no fue tan perfecta y los resultados se resintieron.
Tercero en el Clausura 06/07 y sexto en el Apertura 07/08, el recorrido del “Cholo” en Estudiantes acabaría de forma
anticipada por problemas con la dirección. “Sin
los refuerzos que pido y sin Veron ni Sebastián Dominguez, no voy a seguir de
ninguna manera”, Simeone era
tajante y, pocos días
más tarde, cumplió su amenaza. No fue poco lo que se escribió sobre un acuerdo
previo con River, pero en su despedida quiso recalcar el
porqué de su renuncia: “No
suele pasar que un entrenador deje un equipo cuando tiene contrato. Interpreté
que cuando uno ve situaciones que pasan y sigue, después las situaciones
explotan”.
Juan Sebastián Verón
renovó y llevó a Estudiantes a ganar la Copa Libertadores
en el 2009.
“Nos espera un trabajo
complicado, difícil, pero también motivante. River representa un desafío muy
grande y los desafíos siempre me han gustado”, comentaba Simeone
en su presentación. El hecho es que, pese a que parte del entorno discutía sus
méritos para ocupar un banquillo tan importante, la afición millonaria creía
todo un acierto su
contratación. Quizás porque el “Cholo” les había derrotado tres veces en
cuatro partidos, quizás porque pocos meses antes le había arrebatado por
sorpresa un título a Boca. Todo sumaba.
Uno de los primeros retos que
debería afrontar Simeone tenía nombre propio: Ariel Ortega. En ese momento el
manejo de Verón en Estudiantes le debió parecer tan simple como la tabla de
multiplicar del uno. A la pregunta de si el “Burrito” tendría privilegios, el nuevo DT de
River comenzaba a mandar su mensaje:“SÍ, SIEMPRE TIENEN QUE JUGAR LOS MEJORES,
PERO CUANDO INTERPRETAN QUE PRIMERO ESTÁ EL EQUIPO” “¿Qué es un privilegio? No. Los
mejores, insisto, son los que más dan. Me entusiasma verlo involucrado,
encendido, con ganas de ganar, de expresar sus cosas. Ese Ortega me gusta
mucho”. Si las numerosas
palabras que Simeone dedicó esos días al “10″ de River no habían sido suficiente
motivación, le otorgó el brazalete de capitán. Ariel jamás había tenido esa
responsabilidad. Tras envidar en el aspecto anímico, debía encontrarle un
puesto en el once de un equipo que aspiraba a ser como
su Estudiantes: “rápido,
agresivo, dinámico, con movimiento”. La influencia de Bielsa no sólo se
podía apreciar en los términos utilizados, sino también en el sistema deseado:
Simeone quería jugar en 3-3-1-3. “Como
jugador siempre pensé que los equipos importantes tienen que jugar con tres
atrás. Después, como DT, hallé más seguridades con el 4-2-3-1, pero al
encontrar jugadores que entran muy bien en el 3-3-1-3, ese es mi dibujo. ¿Por
qué? Porque hay orden y no hay error; después está en la fantasía de cada uno
de los jugadores. Pero, ojo, que jugando de esta manera expones mucho espacio
hacia atrás, por eso necesitas mucha coordinación y estar bien físicamente. Es
una manera de jugar muy agresiva, donde el “5″ es clave porque no tiene derecho a
perder la pelota. Perderla significa situación de gol ineludible para el rival”, respondía
a la cuestión de si
tanto le había marcado Marcelo.
Sin embargo, su intención inicial
no tuvo mucho recorrido. Y la culpa, para bien o para mal, la tuvo Boca. Si la
llegada de Abreu y la marcha de Belluschi ya podían llevarle a replantearse el
pretendido 3-3-1-3/3-3-3-1, la derrota ante los xeneizes en pretemporada, que ya era la segunda
en tres partidos, fue la pista definitiva.“SIEMPRE VAMOS A APOSTAR POR EL BUEN JUEGO,
ES LA FORMA MÁS
FÁCIL DE GANAR”Tras ganar el llamado “trofeo de los cinco grandes” saliendo con cuatro atrás en la última
jornada, la prueba de fuego del 4-2-3-1 sería de nuevo ante Boca en la clásica
Copa Mendoza. “Los
Millonarios” ganaron el
partido e, incluso, algo mucho más importante: un sistema exitoso. Y lo fue
pese al bache que en la primera semana de mayo pudo cambiarlo todo. El clima
entre afición y jugadores estaba enrarecido, River perdió el “Clásico” ante Boca y, a continuación, cayó
eliminado en octavos de la Copa Libertadores ante San Lorenzo. Aquella no fue una
derrota cualquiera, no fue una eliminación más. Ya en el minuto 60 de la vuelta
en el Monumental, el conjunto millonario había remontado el resultado de la
ida. River ganaba 2-0 y, para colmo, jugaba contra nueve. Todo parecía
encarrilado, pero dos goles de Gonzalo Bergessio silenciaron al estadio. Fue
doloroso, muy doloroso, e inexplicable. Tanto que se pensó que aquella derrota
les podía apartar indirectamente de la lucha por el Clausura. Quedaban seis
fechas y estaban segundos, un punto por encima de Boca y un punto por detrás de
Estudiantes. Cinco victorias y un empate, con la irrupción de un Buonanotte
totalmente determinante en lo goleador, fue el balance que le permitió a River
Plate salir campeón de forma brillante después de cuatro años en blanco. En los
días posteriores a su segundo título como DT, Simeone explicaba lo que sucedió entre la derrota ante
San Lorenzo y la espectacular recta final en liga: “Había dos opciones: entregarse o
seguir peleando. Esa noche, en la que no nos dormimos hasta las cuatro de la
mañana, le dije al cuerpo técnico que íbamos a salir campeones. No soy de decir
esas cosas, pero estaba convencido”.
En ese Clausura 2007/2008 Simeone
no pudo utilizar el sistema predilecto de Bielsa, pero la influencia del“Loco” en aquel River campeón es
innegable. Era un equipo de riesgos, vivía al límite y sólo encontraba pausa en
la mediapunta. La polivalencia de sus jugadores llevó al “Cholo” a verlos como características y no
como posiciones, tarea que empezaba desde el trabajo diario. Comenzó a ser noticiable que
en sus entrenamientos no se jugaran partidos de once contra once, sino que se
dividiera la preparación por ubicación en el campo y se tocara el balón en
cuadrículas para favorecer la velocidad. Fruto de ello era el posterior
intercambio de posiciones, parcial o constante, de los cuatro hombres de
ataque: Ortega, Alexis, Abreu y Falcao. Su segundo semestre también sería muy bielsista… pero, esta vez, en
lo negativo.
Después de un parón en el que se
habló de la
posibilidad de que Simeone sustituyera a Maradona tras el Mundial de Sudáfrica,
en el que Cerezo aclaró que “siempre
tendría las puertas del Atlético abiertas” y en el que la
prensa le apodó como
el “Señor Ganar”, llegaría
la peor temporada de River de la historia.“YO CONSIDERO QUE UN PASE LATERAL, SI NO
ES PARA DISPONER DEL BALÓN POR NECESIDAD, ES UNA PÉRDIDA DE TIEMPO” Aunque las causas fueron numerosas,
hubo una que destacó sobremanera. Unos meses después de haber sido nombrado
capitán, Ortega comenzó a faltar a los entrenamientos. “A estas alturas de mi carrera no
puedo dejar que me forreen todo el campeonato”,espetaba Ariel. “Pase lo que pase con Ortega, yo
voy a ser el responsable”, replicaba Simeone. La solución no es que fuera
complicada, es que era imposible. Simeone, apoyado por la directiva, le retiró
la ficha. A la baja del “Burrito” y la marcha de Buonanotte a los JJOO
se les tenían que unir las ventas de Alexis, Abreu y Carrizo, jugador clave en
la consecución del título. Al “Cholo” le comenzó a faltar calidad
diferencial, el acierto técnico bajó y el vértigo anterior se transformó en
precipitación. Como consecuencia, el riesgo era excesivo, y River comenzó a
perder partidos. “Es un equipo
distinto, con posiciones cambiadas y un sistema diferente, en búsqueda de
explotar las características de los jugadores que tenemos, que puede ser la
velocidad en campo rival. Hoy no tenemos jugadores tan desequibrantes en el uno
a uno, como Ariel o Alexis. Nos va a llevar más esfuerzo”, razonaba.
Ese cambio del que hablaba suponía volver a probar con tres defensas, pero no
hubo continuidad ni resultados. Símbolo del contraste entre semestres fue su
balance en el Monumental: nueve victorias en el Clausura 07/08, una en el
Apertura 08/09. Llegó noviembre y River ya acumulaba 12 partidos consecutivos
sin vencer, un récord histórico en lo negativo que incluía una derrota en casa
ante Boca y la eliminación de la Copa Sudamericana ante Chivas. Tras ese partido
Simeone anunció lo inevitable: se marchaba de River. La directiva le apoyaba y
los jugadores le pidieron que reconsiderara su decisión, pero ya estaba tomada. “Es un momento difícil. Soy el
responsable absoluto, tanto cuando se ganó como en esta situación. Me queda la
tranquilidad de que, más allá de las características y maneras, River atacó
siempre”, con
estas palabras se
cerraba su ciclo en River. Del campeonato al farolillo rojo solamente pasaron
cinco meses.
Finalmente, River Plate
terminaría descendiendo en 2011 por primera vez en su larga historia.
Tras su renuncia, y por primera
vez en su carrera, Simeone descansó. No era obligatorio porque tenía ofertas,
pero sí necesario para progresar. Su vertiginosa trayectoria le había obligado
a aprender sobre la marcha, con lo que un parón era el momento idóneo para
hacerlo de forma más teórica y pausada. Durante esa primavera recorrió Europa
para obsevar y estudiar el trabajo de varios de sus compañeros, conespecial
atención al Inter de
Mourinho. Mientras tanto, aprovechaba la coyuntura para hablar de su Atlético de Madrid: “Yo sé que algún día lo voy a
dirigir, lo dije un montón de veces, pero no sé cuándo será el momento. Dentro
de diez años, de cinco, de dos… no importa”. Poco tardó en volver a la
práctica, un histórico como San Lorenzo buscaba un técnico
barrendero. “El Ciclón” venía de ser campeón del mismo
Apertura en el que Simeone salió de un River colista, pero el momento que
atravesaba pocos meses más tarde era bien distinto. Fanesi, técnico interino
del club, había agarrado al equipo contra su deseo tras la marcha de Miguel
Ángel Russo y la grada acusaba a sus jugadores de dejadez; el equipo estaba
situado penúltimo del Clausura 08/09 y había sido eliminado de la Libertadores en la
fase de grupos. El “Cholo” yatenía una gran excusa para aceptar el
puesto: “Me motiva mucho
cuando dicen que es un lío bárbaro”.
“Quiero un equipo ordenado,
dinámico y agresivo. Mi aspiración es que la gente vaya a la cancha y sepa a
que juega su equipo”, ambicionaba en su primera rueda de prensa. Su
intención inicial se definía en un 4-3-3 muy corto, pero él mismo reconocía que “ya
no había volantes con buen pie“JUGAR BIEN ES SABER A LO QUÉ JUGAMOS. EL
CONVENCIMIENTO SIEMPRE LE GANA A LAS FORMAS” y, a su vez, capaces de
llegar de área a área”. Quizás por ello, su etapa en San Lorenzo fue la de
más inestabilidad táctica. Sea como fuere y dada la situación, sus números en
lo que quedaba de Clausura fueron más que positivos: 4 victorias, 2 empates y 2
derrotas. El equipo acabó undécimo y ya, con la calma por la mejoría de los
resultados, podía comenzar un nuevo proyecto. Se marcharon trece jugadores,
entre ellos el delantero estrella Gonzalo Bergessio, con lo que Simeone tuvo
que reconstruir el conjunto desde los cimientos en pleno debate de estilo en
Argentina. Estudiantes venía de ser campeón de la Libertadores con
cuatro marcadores centrales y Vélez Sarsfield acababa de ganar el Clausura con
un efectivo contraataque, pero quien había impactado al fútbol argentino con su
juego eminentemente asociativo era el Huracán de Cappa. Simeone, cuestionado
sobre cuál era su forma preferida, respondía sacando el manual: “Es mejor jugar bien. Y yo prefiero
jugar bien a jugar lindo”. Pese a un esperanzador comienzo en el Apertura,
San Lorenzo se fue cayendo hasta una séptima posición que parecía algo
insuficiente. En el siguiente semestre, el equipo ni jugó lindo ni jugó bien.
Más bien al contrario.
Simeone estaba comenzando a
variar su discurso. Muy lentamente, casi a partir de una constante prueba y
error. Si había salido de River orgulloso por haber sido ofensivo en todo
momento, en San Lorenzocomenzó
a ser acusado de que
atacaba muy poco al jugar con un único punta. El dato de 7 goles en 12 partidos
era demoledor. Pero las críticas no sólo se centraban en esa variación, sino
también en que su indudable gusto por el correr
y marcar chocaba contra la
tradición balompédica del “Ciclón”.
Y es que los jugadores corrían, pero no pensaban. Los continuos cambios de
dibujo y la falta de entendimiento de sus futbolistas provocaban que, a menudo,
se hablara de sistemas jeroglíficos y se le reprochara que nunca había
logrado llegar a comprender la esencia del fútbol argentino. Ya llevaba cuatro
años entrenando allí, pero aún se le consideraba europeo. Mientras, los resultados
cargaban de argumentos a sus detractores. San Lorenzo marchaba de nuevo
penúltimo con 11 puntos en 12 jornadas y protagonizaba una racha de cuatro
partidos sin ganar. El “Cholo”,
en acuerdo
común con la
directiva, decidió abandonar el club.
Tras dejar último a
River y penúltimo a San Lorenzo, Simeone decidió emigrar a Europa.
San Lorenzo era el tipo de
debacle que marca un punto de inflexión, un antes y un después. Además, era el
momento. Diego Pablo Simeone acababa de cumplir cuarenta años, una cifra -casi-
genéticamente programada para realizar un profundo balance vital que, a menudo,
desemboca en grandes cambios. En su corta experiencia como técnico ya había
entrenado a tres de los cinco grandes de Argentina e incluso había logrado
campeonar en dos ocasiones, pero este era su segundo fracaso consecutivo
y la sensación de estancamiento era tan notoria como frustrante. La vitalidad
inicial de sus equipos impactaba, pero con el paso de los meses la evolución no
llegaba y el conjunto empeoraba. Sea por el contexto del fútbol argentino o por
las circustancias puntuales de cada club por el que había pasado, lo cierto es
que Simeone aún no había logrado edificar un proyecto sólido. Las dudas acerca
de su capacidad como técnico crecían: ¿había algo más tras su indudable e
innato talento motivador? En el Viejo Continente, tras pasar más de ocho meses
alejado de los banquillos, se encontraba parte de la respuesta a esta pregunta.
De forma indirectamente directa,
su fichaje
por el Catania también
vinculaba a su amigo y otroracompañero
Germán Burgos. Años atrás, cuando rechazó la propuesta de acompañarlo en
Estudiantes, el“Mono” le
hizo la promesa de que en el momento en el que éste volviera a Europa ambos
unirían su camino. Dicho y hecho. En Sicilia se volvería a dar sentido a una de
las grandes anécdotas que habían surgido de las concentraciones con la
albiceleste. A la hora de comer, Germán debía apresurarse en coger sus cubiertos
para evitar que Diego los utilizara para divagar sobre sistemas, movimientos y
estrategias. Cucharas, vasos, saleros o lo que bien pillase a mano, todo objeto
servía para discutir de táctica. Y es que en esa mesa no sólo comía un
entrenador, sino también su perfecto ayudante. “Siempre nos tiramos ideas, pero yo
sé hasta dónde puedo llegar. Respeto mucho la opinión de él, que es el DT.
Aunque nos conocemos tanto que uno sabe ubicarse”, explicaba el “Mono” unos meses más tarde. Precisamente,
ubicarse no iba a ser uno de los problemas que se encontrarían en Catania.
Hasta doce jugadores argentinos militaban en las filas de un equipo que no era
el principal candidato al descenso, pero que sí iba a estar en la lucha final.
Y las cosas, desde luego, no iban bien. 20 puntos en 22 jornadas, el equipo
decimoquinto y un exigente calendario por delante. Este era el primer reto que
ambos debían hacer frente.
“El campeonato italiano es
parecido al argentino. Aquí cada partido es distinto, te esperas una cosa y
ocurre otra. En España, en cambio, todos juegan de igual modo”, comentaba a su llegada. La fuerza volvería a ser
algo innegociable, pero esta vez sus intenciones eran un poco diferentes.“COMO JUGADOR ES FÁCIL:
SÓLO PIENSAS EN TI. EL ENTRENADOR, POR EL CONTRARIO, TIENE QUE PENSAR EN TODOS” El equipo cerraría con cuatro defensas
de forma fija, tendría dos o tres centrocampistas por delante y siempre
rodearía a Maxi López de jugadores ofensivos. Para esto último llegó Bergessio,
un delantero al que Simeone había sufrido y disfrutado a partes iguales. La
primera victoria tardaría en llegar un mes, prácticamente el tiempo que tardó
en situar a Carboni en el centro del campo como símbolo de un cambio de
mentalidad. Hasta entonces había probado en la medular con jugadores de un
menor peso y rigor táctico, decisión que había contagiado a un equipo que hacía
demasiadas concesiones y que pecaba de falta de competitividad. Dada con la
tecla, el conjunto siciliano únicamente necesitaba su momento. Y éste sería
épico. Minuto 95 de un partido en Turín, la Juventus gana 2-1 y Lodi dispone de un
lanzamiento de falta en la frontal del área.El balón se cuela por
la escuadra de Buffon, Simeone estalla y el Catania despega. Fueron tres las
victorias que lograron encadenar tras ese empate, incluyendo la primera fuera
de casa ante el Brescia con la que lograban sellar su permanencia en la Serie A. El Catania no
había remontado el vuelo desde una superioridad táctica, pero Simeone sí que
había vuelto a motivar a unos jugadores que realizaban ayudas constantes,
lograban dominar la segunda jugada y eran muy sólidos en el Angelo Massimino. “Desde su llegada impuso su juego,
un estilo muy ofensivo que allá es muy raro. Eso fue lo que nos llevó a
remontar y ganar partidos de forma increíble”, decía Alejandro Gómez, uno de los más
destacados de aquella temporada, en una entrevista en la que también señalaba lo
complicado que era que el “Cholo” siguiera.
“No vine buscando quedarme
diez años en Europa. Vine buscando crecer. Y en eso estamos”, había
declarado Simeone a
las pocas fechas de llegar a Italia. Al fin y al cab cruzar el charco sólo era un medio hacia un fin. Por
eso, tras batir el récord de puntaje, de victorias como local y de victorias
consecutivas de la historia del Catania en la Serie A , decidió rescindir
un contrato al que aún le quedaba un año más. En esas semanas el Atlético de
Madrid buscaba recambio para Quique Sánchez Flores… pero todavía no era el
momento. Su próxima parada volvía a estar en Argentina, volvía a estar en
Avellaneda.
Simeone volvía a un
Racing que venía de ser decimoquinto con Miguel Ángel Russo como entrenador.
Sólo habían pasado cinco años
desde su marcha,
pero club y técnico estaban muy cambiados. Racing no sólo había encontrado
cierta estabilidad, sino que albergaba unas esperanzadoras expectativas de
crecimiento gracias a sus dos perlas colombianas: Teófilo Gutiérrez y Giovanni
Moreno. Por su lado,“LA MEJOR
MANERA DE TRABAJAR ES CUANDO SENTÍS PERTENENCIA”Simeone
ya no era ese novel del que solo se esperaba un impulso anímico. Había
triunfado, fracasado y aprendido. A su vuelta a Avellaneda parecía estar
alcanzando su madurez como DT. “El
“Cholo” hincha le pide al técnico que basta ya de palabras. Quiere hechos”, declaraba de forma vehemente. Esos hechos iban a
partir de otra evolución: la táctica. Dejado atrás el vértigo, la influencia de
Bielsa cada vez resultaba más matizable. Simeone compró un nuevo libreto, lo
organizó en base al ser reactivos y trazó como objetivo indispensable un mayor
equilibrio en el juego. “Creo
que siempre hay que tener la palabra equilibrio como ejemplo. Hay momentos del
partido en el que necesitas pausa y en otros, velocidad. La pérdida del tiempo
te hace perder espacios en cuanto al ataque y ese ataque no está más, porque
los equipos se cierran rápidamente. Pero todo el partido no puedes atacar
rápidamente, en algún momento el equipo tendrá que descansar con la pelota.
Tener jugadores dentro del campo que interpreten cuándo atacar rápido y cuándo
jugar un poco hacia los costados para sostener la pelota, es lo ideal”, explicaba.
El resultado fue un 4-3-3 construido de atrás hacia adelante en el que Simeone
evitaba asumir riesgos y donde comenzaban a primar los conceptos de solidaridad
e intensidad. Símbolo de ello eran las
palabras de Teo
Gutiérrez durante la pretemporada: “Los
delanteros debemos ser la primera defensa”.
“La Academia ” logró un meritorio subcampeonato, encajando únicamente
ocho goles y siendo derrotado sólo en dos ocasiones. En cambio, se pensaba que
las formas no habían sido las más adecuadas y que éstas habían limitado las
aspiraciones del equipo. Se tachó a Simeone de ser demasiado
conservador, pasando del riesgo extremo a la nula concesión. No sólo no había
logrado que Teo y Gio lucieran como se esperaba, sino que además los rumores sobre el mal ambiente eran casi
diarios. Opiniones al margen, lo cierto es que a Racing le costaba marcar y,
por ende, le costaba ganar. Fueron hasta 10 empates, seis de ellos a cero, los
que condenaron a un equipo que, realmente, nunca llegó a estar cerca de salir
campeón.
Por primera vez en su
trayectoria, Diego Pablo Simeone no había tratado de construir un equipo que
corriera antes de que supiera andar. Ni siquiera, había querido trotar. Llegó a
un vestuario que acababa de salir decimoquinto en el Clausura, que debía mirar
de reojo a los promedios y que había encajado 26 goles. Revirtió el signo de
los resultados, clasificó al club para la Copa Sudamericana
y sentó las bases de un equipo que ya había demostrado ser muy difícil de
batir. Nadie podía negar que había sido un buen semestre, pero la sensación es
que había faltado ambición al disponer de tanto talento diferencial. La actitud
de los principales candidatos a ganar las elecciones que
en ese momento se celebraban en el club, tampoco era la de estar muy
satisfechos. “Me parece que
considerar o calificar de aceptable el torneo no está bien. Es más, paso un
dato: en mis últimos 24 partidos ganamos 11, empatamos 11 y solamente perdimos
dos. Entonces, con este panorama yo veo que vienen las elecciones y no me
llaman, no me molestó por eso, como se dijo por ahí. La realidad es que eso
ayudó a una serie de sucesiones que me hicieron pensar cómo van a reaccionar
ante una serie adversa en el próximo torneo”, expuso el “Cholo”como una de las
principales razones de su renuncia. Otra de ellas, evidentemente, era el
Atlético de Madrid.
En el siguiente
semestre y con Alfio Basile al frente, Racing cayó hasta la decimoséptima
posición.
No fueron una, ni dos, ni diez,
las veces que Simeone había asegurado que algún día entrenaría al Atlético de
Madrid. En sólo cinco temporadas como rojiblanco se había convertido en un
símbolo para el Calderón. Él se sentía como uno de ellos, y ellos lo sentían
como uno de los suyos. Quizás por eso sabía a la perfección que, cuando llegara
la llamada, iba a ser porque existían problemas. Y, desde luego, los había. A
montones. En aquel verano se habían marchado los tres máximos exponentes del
primer título continental del club en casi 40 años. Quique representaba la
complicidad con la grada, Forlán era el capitán del equipo y, el caso más
doloroso, el
Kun Agüero suponía la
capacidad de ser grandes. Tras estas pérdidas recomponer el equipo no era tarea
fácil. No se trataba sólo de un tema deportivo, pues llegaron grandes
futbolistas, sino de la existencia de un componente anímico que trascendía al
resto de parcelas. Así es el Atlético de Madrid. Goyo Manzano nunca transmitió
la sensación de poder revertir la situación, así que, tras dos derrotas en Liga
y una humillante eliminación copera ante el Albacete, fue cesado. “Llego con ilusión y con ganas de
trabajar. No me asusta venir al Atlético ni la responsabilidad, es algo que me
entusiasma”,declaraba el “Cholo” en una presentación en la que no se
guardó nada. Su discurso fue claro, contundente y directo. En España aún no se
le conocía como técnico, pero con esa rueda de prensa bastó. La palabraintensidad se convirtió en un mantra que
englobaba sus intenciones tácticas: “Me
gustaría ver a un equipo fuerte, aguerrido, veloz y contragolpeador. Tenemos
que tener claro a lo que jugamos”.
Y Simeone lo tenía. Con
anterioridad ya había manifestado sus diferencias de gusto respecto al estilo
que imperaba en el fútbol español, así que construyó un equipo para derrotarlo.
Su debut en Málaga pareció recordar al Racing del que acababa de salir: equipo
muy replegado, muchos jugadores con capacidad de trabajo, pocas llegadas y un
resultado “NUNCA ME CONSIDERÉ UN
PUPAS. HE ESTADO CINCO AÑOS EN EL ATLÉTICO Y GANAMOS TRES TORNEOS”final
de cero a cero. Pero sólo estaba en proceso
de adaptación. El Atlético de Madrid comenzó a salir a los partidos
asentado en un 4-4-2, buscando una recuperación muy rápida y evidenciando que
tener el balón no suponía ninguna necesidad. Para ello no sentó a los más
talentosos, sino que trató de reeducarlos y adaptarlos. Diego y Arda partían
como volantes; Adrián y Falcao iniciaban la presión. El equipo se encontraba
cómodo en el sistema, pero el delantero asturiano comenzó a dejar de influir en
los tres carriles y Simeone optó por introducir dos variantes: el 4-2-3-1 y el
4-1-4-1. Así, Adrián era menos exigido al ocupar solo un costado y el equipo
podía disimular su posible falta de amplitud. Aunque los resultados en los tres
primeros meses merecieron ser mejores de lo que fueron, Simeone estaba conforme: “el estilo ya está marcado”.
Era igual el dibujo, la cancha o el rival, el Atlético de Madrid ya tenía
marca. Y este hecho se demostraría en la primera gran prueba. El Fútbol Club
Barcelona visitaba el Calderón, con todo lo que ello supone. “Cuando uno habla de agresividad,
no digo agresividad de golpear, sino de intensidad futbolística. En los
partidos importantes tenemos que tener ese estado en el cuerpo”, explicaba en la previa. El Atlético de Madrid
retomó de nuevo un 4-4-2 muy basculante y cercano a su portería, lo que resultó
todo un éxito. Ese día el Barça ganó con un gol de picardía de Messi, pero
generó menos peligro pese a tener un 72% de posesión. El plan funcionaba y los
jugadores confiaban, tocaba seguir trabajando. Se descubrió que Juanfran es un
más que notable lateral, la defensa ganó en seguridad, Gabi
explotó liderando la
medular, y los jugadores con más calidad fueron determinantes pese a aparentar
ser iguales. El Atlético
se hizo grande en casa, puntuó con asiduidad fuera y terminó pletórico, como no
podía ser de otra forma tratándose de un equipo de Simeone. Aun así, no llegaron
a tiempo. Lograron vencer al Málaga en el duelo directo de la penúltima
jornada, pero los andaluces no fallaron ante el Sporting y el Atleti no obtuvo
el premio de la clasificación para la siguiente Champions League. Aunque, por
supuesto, la temporada aún no había acabado.
El único detalle positivo de la
herencia recibida de Manzano era el seguir vivos en la Europa League. Eltriunfo de
hacía dos temporadas en Hamburgo aún hacía sonreír al Dios Neptuno, así que el “Cholo” decidió prolongar su euforia. Las
rotaciones fueron mínimas y la intensidad“ESTOY FELIZ PORQUE MAÑANA LOS CHICOS LLENARÁN
EL COLEGIO CON LA
CAMISETA DEL ATLETI” era máxima; el Atlético de Madrid
quería ganar. Su camino hasta semifinales fue inmaculado: 6 partidos, 6
victorias, 14 goles a favor y sólo 4 en contra. Ahí esperaba el Valencia, como
en 2010. Tras lograr una victoria en el Calderón, que debió ser más amplia que
el 4-2 final, quedaba viajar a Mestalla y Simeone tenía un plan. “Si presionamos arriba, íbamos a
jugar más cómodos porque les íbamos a coger de espaldas”, comentó en
una posterior rueda de prensa para el recuerdo. Lo era, en parte, porque
entonces el rival en la final ya se conocía… y no podía ser más especial: el
Athletic de Bilbao de Marcelo Bielsa. “Una
final siempre es un deseo llegar, pero es solamente un primer objetivo. De más
está decir que nos vamos a encontrar a un técnico al cual admiro como Marcelo.
Grandísimo respeto por el profe, por Claudio Vivas y toda la gente que lo
rodea”, fueron sus cariñosas palabras aquel mismo
día. El Athletic se había ganado la admiración del fútbol europeo tras una
eliminatoria portentosa ante el Manchester United, pero Simeonetenía
claro que partían con
una ventaja que él mismo había creado y trabajado desde el día en que dejó de
tener un libreto bielsista: “Nosotros tenemos un juego más
equilibrado: podemos tener la posesión y juego directo”. Y lo aprovecharon,
con goleada incluida, para alzarse con su segunda Europa League. Desde el
pitido inicial esa noche sólo existió un equipo sobre el campo, y era
brillante.
El Club
Atlético de Madrid dirigido
por Diego Pablo Simeone y liderado por Radamel Falcao García acababa de
completar, quizás, la actuación más gloriosa de su gran historia, pero en el
Calderón la alegría nunca parece poder ser completa. Los rumores sobre la venta
del ariete colombiano fueron in
crescendo, amenazando así la continuidad“¿CÓMO DEFINIR A FALCAO? A MÁS EXIGENCIA,
MEJOR RESPONDE. SU FUERZA ES PRECISAMENTE ESO” de una sociedad que ya se había
mostrado triunfal en Buenos Aires y en Madrid. Diego estaba en trámites para
volver a Alemania, pero la posibilidad de que Falcao dejase el club significaba
algo más. Sea como fuere, el periodo estival también aguardaba la posibilidad
de ganar un nuevo título: la
Supercopa de Europa ante el campeón de la Champions League ,
ante el Chelsea de Fernando Torres. “Las
finales no se eligen, se juegan y se ganan”,sentenciaba Simeone. Si sus palabras parecían poco
concisas, si podían llevar a error, si de forma improbable algún jugador se
podía despistar, durante la charla previa al partido repitió hasta en cincuenta ocasiones la palabra
ganar, así no se les olvidaría. Y, claro, no se les olvidó. Con otra actuación
legendariade Falcao, el Atlético de Madrid volvía a desmontar a un
potente rival en la lucha por un título. El cierre de esa noche, además, tenía
un broche magnífico: era uno de septiembre, el colombiano seguiría en el club.
La inercia era positiva, la dinámica ganadora y el estilo era completamente
reconocible. “Para ser competitivos
tenemos que jugar como podemos, no como queremos. Si nos salimos de esa linea,
mal”,admitía Simeone. No existían dudas, y por eso
no se salieron. Durante estos meses el Atlético ha acumulado ocho victorias de
forma consecutiva en Liga, que lo colocan segundo únicamente a tres puntos del
Barcelona, y dieciséis en competiciones europeas, estableciendo un nuevo récord
continental.
Los resultados deportivos y el
manejo del vestuario han demostrado su talento como entrenador, pero Simeone en
este Atlético de Madrid significa mucho más. Llegó a un club a la deriva, con
problemas deportivos y una grave carencia de referentes. Diego Pablo Simeone es el
escudo, el orgullo y el carácter. Sus carreras, sus gestos y sus
palabras son la tinta de nuevas y brillantes páginas en la historia del club.
Es la recuperación de un amor propio que, salvo en contadas ocasiones, parecía
recluido al Vicente Calderón. Él que es argentino, él que es atlético,
comprende mejor que nadie el valor de la camiseta. Feliz porque la lleven los
niños al colegio, estos días explicaba lo mucho que significa: “Para cambiar la camiseta del
Atlético de Madrid al final del partido, el rival tendrá que darme dos. La del
Atleti vale más”.
Desde que llego
Simeone, el balance del Atlético es de 37 victorias, 8 empates y 7 derrotas.
Hace poco más de seis años que Diego
Pablo Simeone colgó
las botas en su querida Avellaneda, pero su carrera como técnico está siendo
tan intensa como cabía esperar. Seis equipos, tres competiciones, cuatro
títulos y sólo un par de pequeñas interrupciones por decisión propia son las
paradas de un recorrido que, manteniendo el destino, ha cambiado de ruta. El “Cholo” parece el mismo que cayó contra
Independiente un día de febrero de 2006 o que unos meses más tardó ganó en
Liniers un desempate por el título ante Boca Juniors, pero no lo es. Es cierto
que su carisma sigue llenando el vestuario, que sus equipos gozan de una
ambición inquebrantable y que continúa situando el fondo por encima de las
formas, pero tras los reveses en River Plate y San Lorenzo algo cambió.
Necesitaba dar un paso a un lado para ser capaz de dar dos hacia adelante. “No me interesan los débiles, ni en
la vida ni en el fútbol. Aunque tenga dudas internas debes tirar siempre para
adelante”, manifiesta convencido. Dudando o no, al
transformar la acción en reacción se encontró a sí mismo. Comprendió el valor
del pase lateral, las posibles ventajas de la contención en campo propio y los
obvios problemas que conlleva el exceso de vértigo. Así logró ampliar su
concepción del juego y así ha sido capaz de construir un proyecto ganador en lo
que parecía un descampado. Creciendo y evolucionando, confirmó que detrás del
gran motivador sí había un talentoso entrenador. Sin embargo, sigue sin ser
suficiente. Cada día se puede dar más, cada día se puede ser más.“Soy competitivo, si no estoy
entre los diez mejores entrenadores es porque tengo que mejorar”. Y lo hará.

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